Si te asomas a la ventana de la vida y entrecierras los ojos, la ilusión se completa. Los rasgos humanos se difuminan, los colores se vuelven gris anodino, y lo que antes era una ciudad de individuos se torna un hormiguero. Nos movemos en columnas perfectas, sorteando obstáculos con una sincronía impuesta por el tiempo y sus horarios. Olemos las feromonas del deber —el curro, la deuda, la expectativa— y seguimos ciegamente su rastro.
El ruido, el bullicio, la escasez de silencio es el latido del hormiguero. El movimiento se despoja de propósito y se vuelve mecánica. Movemos engranajes de una mandíbula colectiva que mastica sin tragar. Producción, extracción, consumo...El himno de la colonia. Cargando alimento para el invierno de una reina abstracta a la que llamamos sistema.
Mientra tanto mantienen nuestras conciencias dormidas. La distracción digital, feromonas del olvido cuadrando las miradas en un trozo de cristal simulando que exploramos el mundo. Arrastramos el pulgar, consumimos la vida de otros para no mirar la nuestra.
Creemos pertenecer a una mente colectiva. Queremos sentir que estamos protegidos por millones de cuerpos que piensan como nosotros. Pero la realidad es que nos hemos grabado un mensaje a fuego y lo gritamos por sistema, como autómatas. Emociones de fabricación masiva y con número de serie.
Todo es un trance colectivo, una anestesia perfecta para no escuchar el sonido de nuestros propios pasos marchando hacia ninguna parte.
Cada una de estas hormigas lleva dentro un universo irrepetible. Cada una ama, llora, recuerda una infancia y teme de una forma única e irrepetible. Cada una se despierta en la madrugada con un pensamiento que nadie más en la historia del universo ha pensado. Y, sin embargo, cuando suena el reloj, todas se ponen el mismo traje, toman el mismo tren, y vuelven a alimentar al sistema.
Tal vez la esperanza no esté en dejar de ser hormigas, sino en tener el valor de detener la marcha, aunque sea un segundo. Mirar hacia dentro, escucharte y conocerte. Escapar de la mente colectiva e invadir la nuestra. Dormir el mensaje social y despertar nuestro espíritu crítico. Decidir cosas sin temer ser el único que lo piense así ¡A la mierda!. Somos una multitud solitaria marchando al unísono. La única rebelión posible, quizá, sea el acto más antiguo y más humano de todos: detenerse, y ayudar a otra hormiga a levantarse y despertar.

0 comentarios