Este relato fue escrito para un concurso literario. Ahora puedo compartirlo con vosotros en versión extendida en tres partes. Empezamos con la primera. Espero que os guste.
Hace muchos años, tanto que el tiempo borró todas las huellas, en el mismo mundo en el que hoy vivimos existía un páramo olvidado. Un lugar vasto y oscuro con la justa vida natural para abastecer de agua y comida al clan de la roca blanca. Así se llamaban entre ellos porque vivían en comunidad, en la oquedad que formaba una enorme roca albina que yacía justo en el centro de la hondonada. Donde todo era gris y frío, cuando el sol coronaba el mediodía, cual antorcha de luz, la gran roca blanca reflectaba sobre la quebrada un juego de brillos y luces que regalaban a estas familias un leve momento de paz, serenidad y sonrisa entre tanta frialdad y oscuridad. Al otro lado del gran río, tras el espeso bosque de chopos cabeceros el patriarca del clan del zorro rojo decidía en pleno consejo qué hacer con el asentamiento tras las continuas crecidas del gran río que amenazaba con arrasar las chozas —Los chopos no frenan ya la crecida, hay que trasladarse a zonas altas— decían los ancianos mientras que los dos brujos del clan trataban de convencerles para el sacrificio del próximo niño que naciese y sosegar así al dios de la lluvia.
Mientras la crispación se adueñaba del clan, en los alrededores del río, Thami, la hija pequeña del Patriarca del grupo paseaba feliz sobre los márgenes del río cada vez más húmedos. Cantaba en voz alta una nana que su abuela le entonaba para dormir. —Calma tu sed con lágrimas de alegría, trae del futuro el camino sobre el puente, camina sobre las aguas, rumbo a la vida. Miraba su pequeño amuleto, una muñeca hecha de lana y madera a la que llamaba Sis. Mientras tanto, al otro lado del gran río, un pequeño aprendiz de cazador, practicaba con su lanza, tratando de cazar algún cacho o carpa que se acercase despistada a la orilla.
—¡Eh! ¡niña! ¿me oyes? —gritaba Trueno—, así se llamaba el hijo primogénito del chamán del clan de la roca blanca. —Eohhhh, la niña cantarina ¿me estás oyendo? —resonaban los ecos como locos entre los chopos. —Si .. ¿Quién eres tu? —dijo asustada Thami. —Me llamo trueno, vengo a cazar carpas y tu cantar está ahuyentando mis presas —contestó tratando de aparentar ser más mayor. — ¡Lo siento pero no creo que mi voz llegue a hacer huir a ningún pez! Más bien ellos vienen a escuchar mi hermosa voz y así les salvo sus vidas. —Contestó Thami con una sonrisa irónica entre los dientes.
Fue en ese mismo instante de silencio cuando Thami y Trueno se quedaron de pie, mirándose el uno al otro en la lejanía con unas ganas calladas de acercarse y hablar despacio y calmado, conocerse mejor y tal vez iniciar una bonita amistad. Pero la distancia que imponían las aguas, hacía que aquel deseo fuera algo imposible.
Calló la tarde sobre la tierra, los colores del bosque se tornaron pálidos y el viento traía entre sus volantes el fresco murmullo del río. Hay que volver a casa, pensó Thami inmediatamente. Trueno sin embargo, encendió un pequeño fuego a la orilla y siguió un rato más esperando atraer más presas con su luz.
Amanece lentamente y un tronar lento y profundo hace presentir la peor de las tormentas. El cielo cierra sus puertas al azul, echando las cortinas de un gris amenazante sobre el clan del zorro rojo. El grupo permanecía agazapado en sus chozas esperando que pase lo peor. Al otro lado, el clan de la roca blanca, veía como su pequeña fortaleza de piedra filtraba el agua entre las rocas y bajaban en canal hasta el río formando pequeñas venas de agua sobre la tierra. Era la hora en que normalmente Trueno salía a pescar y ver a su nueva amiga pero, esta vez al acercarse a la zona no la vio.
Continuará...

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